José Saramago y Pilar del Río
Escritor y Premio Nobel de  Literatura. Escritora y Periodista 

Pocas veces se habrá visto trinidad más afortunada que ésta compuesta por un diseñador, una traductora y un autor. Alguna vez reunidos, aunque con más frecuencia dialogando por encima del mar océano, Manuel Estrada, Pilar del Río y José Saramago vienen ejercitando desde hace años una estrecha y profícua colaboración que, partiendo de las propuestas gráficas concretas del diseñador (singularmente no adscrito a la especie autoritaria...), consigue alcanzar la más ajustada y creativa "lectura" visual de los textos.
Una portada firmada por Manuel Estrada no mostrará, como es obvio, lo que en ella haya sido resultante casual de una sugestión de la traductora o de una opinión del autor, pero será una obra que todos comparten y en la que todos se reconocen.
Cuestión de amistad, de responsabilidad profesional y de mutuo respeto.
De que dan fe quienes esto suscriben, Pilar del Río y José Saramago.


Gonzalo Suárez

Director de cine

Diseño versus Arte
La raspa concibe al pez
Olaro

Con los diseñadores pasa como con los científicos. Están tan obsesionados por delimitar el campo de su profesión que, frecuentemente, desdeñan lo que no buscan, pero encuentran. Es como si un pescador devolviera un salmón al río porque su mujer le ha pedido que lleve truchas para cenar. Así el diseño rechaza toda dimensión artística que exceda las premisas del encargo, como la ciencia desconfía de la intuición que sobrepasa cauces preestablecidos.
Puede que el diseño no sea un arte; tampoco la pintura lo es. Un cuadro no es arte por ser pintura, ni nadie es artista por empuñar un pincel. El arte necesita al artista como la pesca al pescador. Y se puede pescar en los sitios más insospechados. O en el lavabo de nuestro cuarto de baño. Es el arte el que nos visita, a veces extemporáneamente, atendiendo más a nuestra disposición y sensibilidad que al carácter de nuestro empeño. Estas cuestiones no me preocupan demasiado, pero las traigo a colación porque siguen siendo motivo de diatriba. Para acabar, de una vez por todas, con odiosas metáforas, ¿fue antes la raspa o el pez? ¿Dónde acaba el diseño? ¿Dónde empieza el arte? O viceversa. ¿Cuál es el punto de inflexión? Y, por supuesto, previamente tendríamos que dilucidar qué entendemos por arte, qué estrictas cualidades atribuimos al diseño y si realmente existe un nexo común.
Existe y ha existido siempre. Desde las cavernas prehistóricas, en cuyas concavidades confluían en incestuosa impunidad el arte, la magia y el diseño, independientemente de la hipotética intención que atribuyamos a sus ejecutores. Por ejemplo, la huella de una mano espolvoreada en la piedra es una señalización que sólo puede ser interpretada desde un concepto, absolutamente actual, del diseño.
Pero quizá sería prudente esperar a los sumerios, V milenio a.C., para sugerir, con toda desfachatez, que el diseño precede, si no origina, al advenimiento de la escritura. Como en nuestro tiempo, en que la imagen retoma la iniciativa, se podría aventurar que el diseño está conformando un nuevo sistema de signos y, por tanto, una manera diferente de escribir.
Pero, los que todavía no hemos aprendido a leer, seguiremos utilizando nuestra rudimentaria percepción, con el consiguiente riesgo de quedar seducidos por aspectos decorativos o, mal que pese al diseñador y su cliente, aplicando apreciaciones de índole artística que, a menudo, relegan el mensaje a la trastienda subliminal. Eso me sucede con las creaciones de Manuel Estrada, cuya potencia visual y su capacidad de
síntesis narrativa me impactan como obra de arte autosuficiente que dignifica, confiere vida, modernidad y prestigio a lo que representa. Para mí, también es una forma de comunicación. La mejor.

 

Felipe Hernández Cava
Guionista

El estilo hecho carne

Un amigo pintor reflexiona en voz alta acerca de un fenómeno que detecta en buena parte de los cuadros que se están creando en los últimos tiempos. "No veo -me señala- más que superficies agitadas, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor grado de espectacularidad, pero no alcanzo a ver lo que hay detrás". Una certera apreciación que bien puede aplicarse al mundo del diseño, en el que lo primero que salta a la vista es esa convulsión que no genera más que turbiedad, opacidad que enmascara lo que muchos sobradamente sabemos: que no hay el menor orden para poder ocultar que en la trastienda no habita una sola idea.
La cultura moderna, de la que el diseño forma parte, ha renunciado a la tentativa de provocar a sus posibles destinatarios justamente de la única forma enriquecedora posible: tomando partido contra ellos. Y no me sorprende que se comporte así. Cualquier comunicación con ese signo de verticalidad dispositiva sería considerada hoy como una ofensa. Se impone en su lugar una actuación horizontal que descanse sobre la adulación del que ya a todas luces no es lo que llamábamos antaño un receptor sino un simple cliente.
Y a éste lo mejor que podemos hacer, si lo queremos de verdad entregado, es halagarlo. Aun cuando con ello todos, los que están en un extremo y en otro, acabemos siendo súbditos del mandato imperativo de la vulgaridad. ¿Para qué molestarse en cultivar, que es la raíz de la cultura, cuando hemos aceptado vivir, forzados por las circunstancias y la comodidad, en medio de un páramo?
Hace décadas que Adorno señaló que la cultura contemporánea estaba marcando todo con el signo de la semejanza. Miro a mi alrededor y certifico que es así y, lo que es mucho más grave, que lo hemos acatado con la más absoluta indiferencia, principio del que algunos culpan a una Modernidad que quiso borrar cualquier signo de distinción. El posible eximente, sin embargo, no me tranquiliza. Porque lo cierto es, bajo esas coordenadas, que casi todo el diseño que nos circunda ha conseguido integrarse entre las cosas como una cosa más. Aquí y ahora, para la fortuna especulativa de esta disciplina, es evidente que muchísimas de sus imágenes están en absoluta concordancia con su profunda trivialidad comunicativa. Al menos ese logro sí que tenemos que concedérselo.
¿Y a quién le importa, entonces, reconsiderar esta vacua polipretenciosidad cuando el mero ejercicio de esa reflexión choca frontalmente con el desvanecimiento de los criterios en todos los ámbitos? Sólo a cuatro o cinco diseñadores, entre los que se encuentra Manuel Estrada. Cuatro o cinco que se afanan porque en la superficie, como dice mi amigo el pintor, haya una vibración de energía que no dificulte contemplar el fondo.
Y todo ello mediante una fórmula tan simple, pero tan difícil, como la estilización invisible, enemiga del virtuosismo formal desde el mismo momento en que precisa para su existencia de la encarnación con la idea.
Cuando a Albert Camus le concedieron el Premio Nobel de Literatura, en 1957, un periodista le preguntó sobre la importancia que le concedía al estilo. "Una época artísticamente creadora", respondió el escritor, "se define por el orden de un estilo aplicado al desorden del tiempo". No es ésta una era singularmente fértil en creaciones -antes bien: es tiempo de ruido y de pastiche; agitación superficial, y, para colmo, agitación ya vista-', pero algunos, como Manuel Estrada, hace años que trabajan con el pensamiento puesto en la que habrá de sucederla.


Francisco Jarauta

Editor

Los primeros signos nacen para fijar el umbral secreto de las sombras y el aparecer tembloroso de las cosas.
Una distancia que los nombres intentaron reducir con la cifra de las supuestas identidades. El nuevo territorio se llamó mundo y sobre él la danza de los signos creaba el efecto de la seguridad que acompaña al saber. Lo que fue inicio de la escritura y la cultura pasó a ser después un largo viaje marcado por la obsesiva voluntad de nombrar. Roland Barthes hablaba del sistema de signos que ocupa el horizonte de cada
civilización y da sentido a las formas de la cultura. No sólo somos lenguaje sino que la civilización misma puede entenderse como sistema de signos que la configura. En la sociedad actual la complejidad de las formas de vida, los cambios en los sistemas de conocimiento, hacen cada vez más necesario el trabajo de los signos, decidiendo el campo gráfico que oriente y visualice el sistema de los objetos, de las relaciones,
de la identidad. Pensar la compleja red de relaciones, situar los objetos en su contexto cultural, seguir la oscilación de los usos, en fin, construir el recorrido que toda cultura sugiere, tal es el trabajo que con lucidez y pasión lleva a cabo Manuel Estrada en su ya largo viaje de profesional gráfico.


Carlos Baztán
Arquitecto

Hay imágenes que te salvan el día. Hay imágenes que aciertan exactamente en el centro de la diana. Hay imágenes que, cuando las ves, sientes cómo una alegre corriente de aire fresco te atraviesa la cabeza de lado a lado. Algo así ocurrió la mañana que vi por primera vez el logo de los premios Cervantes en 1990.
Y recuerdo nítidamente que entonces pensé: "tengo que conocer al tipo que ha diseñado esto". Pero seguí con lo que tocaba esa tarde, y el día, y la semana, y el mes sucesivos sin acordarme más de aquello.
Diez años después me encontraba embarrado en la duda. Me había comprometido a proponer un nombre para diseñar la imagen de Madrid como primera Capital Mundial del Libro. Busqué en un número especial de la revista Experimenta que estaba dedicado al diseño español. Entonces supe que el autor de aquel logotipo fascinante se llamaba Manuel Estrada. Propuse su nombre y fue aceptado por todos e invitado al concurso.
Manuel Estrada presentó la mejor propuesta de aquella pequeña y rápida competición, y la ganó por unanimidad.
Búsquenla en este libro; comprenderán por qué.
Fue entonces cuando le conocí. Hay ocasiones, demasiadas ocasiones, en las que es mejor no conocer al autor que admiras. Cuando, como en ese caso, sucede lo contrario, vuelves, provisionalmente, a creer en la Humanidad. Más tarde, la Dirección General de Archivos, Museos y Bibliotecas le hizo varios encargos sucesivos: la nueva imagen de la Red Itiner y sus catálogos, el logotipo del Museo Etnográfico Regional, el del Corral de Comedias de Alcalá... Hay quien piensa que lo más importante es administrar bien el dinero.
Eso, más que importante, es obligatorio. Yo creo que lo trascendental es reconocer y administrar el talento.
Cada vez que me dicen que viene Manuel Estrada a enseñarnos sus propuestas es una buena noticia.
En su trabajo hay arquitectura, escultura, pintura, dibujo, geometría, poesía y filosofía; y hay fuerza, genio, ingenio, un insobornable sentido de la modernidad y una capacidad de síntesis escalofriante. Cuando me coloco ante los mejores trabajos de Manuel y su equipo, tengo que confesar que trepa dentro de mí la envidia, aunque ese sentimiento innoble lo compenso, rápidamente, con el sano orgullo que siento al saber
que alguien que trabaja en mi ciudad sea capaz de crear algo así.
Muchos buscan el arte de nuestro tiempo en extravagantes y vacías propuestas. Yo lo encuentro todos los días en imágenes mil veces repetidas que son obra de creadores como Manuel.


Frank Memelsdorff

Diseñador gráfico

Cuando Manuel dice con su aparente modestia que "los logotipos me salen bien", es mentira. Lo que Manuel Estrada posee es una facilidad poco común para iconizar lo que le echen.
Por lo general, los diseñadores piensan en imágenes. Creo que Manuel piensa en imágenes telegráficas, ya pre-sintetizadas, ya reducidas a esa sorpresa inicial y esencial que está siempre en la base de un buen icono, un buen símbolo, un buen logo.


Alberto Corazón

Diseñador gráfico

Ni bonito ni feo: Diseño inteligente

La palabra clave para estos próximos años, en el sentido constructivo del término, es "identidad". Los problemas a los que me enfrento cada mañana en el estudio son los derivados o bien de la ausencia de identidad o bien del desarrollo de identidades banales.
A finales del siglo XX el enemigo a batir era la redundancia. Ahora es la banalidad. La redundancia era la consecuencia inevitable del plagio y, lo que es peor, del autoplagio. El diseño era tan sólo la llave que gira y pone el motor en marcha. A partir de ahí, el diseñador era despedido y cualquier copiloto, con la ayuda del Manual de Normas, asumía el mando de la carrera. Llegamos a una situación bastante peculiar: como todos
los manuales eran muy parecidos, los choques comenzaron a convertirse en una rutina y la carrera, por tanto, en una especie de laberinto sin salida.
Todo se parecía a todo, y todo simbolizaba cualquier cosa. La identidad la decidían los Consejos de Administración y se imponía al mercado a golpe de inversión publicitaria. Pero la crisis económica comenzó a enseñar sus garras, las cuentas de publicidad se redujeron y la solidez de la marca a resquebrajarse.
Se fue incapaz de afrontar el problema de introducir algunas pequeñas modificaciones en cada manual de modo que simularan ser diferentes. Los más estúpidos argumentos de los años 80, que un trazo represente dinamismo o estabilidad, que un color sea frío o caliente, que una forma sugiera alejamiento o proximidad, que una geometría rechace o acoja… vuelven a tener un gran éxito de público.
Todas estas idas y venidas no hacen sino evidenciar la todavía frágil identidad profesional del diseñador.
El asunto en el que estamos enredados es que, pese a lo que parecía a finales del siglo XX, el diseño es una profesión pero no es, aún, una disciplina. Ahora, que todos tenemos la tentación de ser paleontólogos, sería interesante abandonar la idea de que todo signo, una mano sobre la arcilla, una flecha de carbón en la pared de una cueva, es el primer eslabón de la historia del diseño.
Esta historia es mucho más corta, el primer eslabón está en la revolución industrial y tiene más que ver, en su origen, con el homo faber que con el homo sapiens. Artes y Oficios, Arts and Crafts, es la denominación y la "denotación" que adoptan. Artistas comerciales se nos llamaba cuando yo comencé a ganarme la vida con este oficio. Al poco tiempo el FAD impuso el título de "grafistas", un término ridículo y sin embargo nada equívoco.
La palabra "diseño" se convierte en un término de tal contenido polisémico que pasa a ser sinónimo de "proyecto". Proyecto de cualquier cosa. Hoy se diseñan políticas económicas, estrategias editoriales, planes de viabilidad y alineaciones de equipos de fútbol. Incluso, acabo de leer, que propio Papa está diseñando un nuevo marco para la familia. Algunos colegas puristas se escandalizan pero no creo que sea mala
idea. Diseñar sería ir dando forma a un proyecto. Una secuencia interesante: primero definir el proyecto, sus objetivos, y después comenzar a ir dándole forma.
Comenzar. Dar forma. Diseñar.
Parece que nuestro equipaje cromosómico no tiene grandes diferencias con el de una mosca, el de un chimpancé o un delfín. Pero dos diferencias abismales nos separan de ellos: construimos símbolos y fabricamos objetos. Esas tareas, el modo específico en el que se afrontan, fijan las identidades de cada cultura. Y en cada una de nuestras culturas, y a lo largo de la historia, había gentes en las que se delegaba esas tareas.
Gentes que daban forma a un alfabeto, fundían un cuchillo o trazaban mapas.
Hacer gráficas. Inventar objetos.
Las preguntas que tiene que hacerse el diseñador en este comienzo de siglo, podrían dirigirse desde una nueva perspectiva.
La carga estetizante que pesa sobre el diseño es tan abrumadora que, efectivamente, en estos momentos, lo que se nos pide es un continuo ejercicio de banalidad. Y sin embargo se están produciendo una serie de cambios sociales que piden definir nuevas identidades y redefinir una buena parte de las existentes.
No es un asunto de competencia exclusiva de los diseñadores, pero lo que podemos aportar es decisivo: hacer "visible" el cambio de paradigmas.
Que ésta sea, todavía, una demanda minoritaria, no debe desalentarnos. Porque u optamos por el diseño como una disciplina de conocimiento, es decir, como un ejercicio inteligente, o no tendremos mucho más futuro.


Mauro Panzeri

Diseñador gráfico

Milán, mayo de 2003
Estimado Manuel:
Te escribo estas líneas en una mañana de domingo fresca y con sol, como pocas otras en Milán, después del usual café y la lectura del periódico, con las imágenes del último atentado en la cabeza, las continuas presiones estadounidenses en el mundo, las noticias de Irak a la deriva, los derechos humanos pisoteados.
La lista se hace larga.
Te escribo, cómo decirlo, con la cabeza ya llena y cada vez más asustado, pensando también en vosotros, los españoles, tan unidos contra la guerra como nadie en Europa y tan traicionados.
La última vez, por teléfono, me pediste que participara con una pequeña aportación gráfica en la página web "nobellum", donde has publicado los trabajos de muchos diseñadores gráficos contra la guerra. Voy a verlo de nuevo a la red y luego vuelvo la mirada a la ventana de mi estudio. Las casas de enfrente, en la parte opuesta de la calle, todavía tienen las banderas de la paz colgadas de las ventanas, como en toda Italia (pero cada vez son menos: ¿acaso hay paz?).
Pienso en estas señales y en su poder inmediato, de comunicación; pero también pienso en el hecho de que ni páginas web ni banderas en las ventanas han detenido el horror.
De algún modo, encuentro así la ocasión para retomar un pensamiento. Ya hemos hablado de ello, pero pruebo a sintetizarlo. Nosotros dos somos diseñadores gráficos, como muchos otros: apasionados de las historias del mundo, pero también de quien está a nuestro lado; enamorados. Vivir y diseñar nos parece un "todo en uno", aunque no es la misma cosa.
En el dibujo, ponemos nuestro deseo de orden y limpieza (aunque en la vida lo logramos un poco menos); en los proyectos, ponemos nuestras ganas de mejorar el mundo.
Pedimos, a nuestros proyectos y a nosotros mismos, no tanto cambiar el mundo como hacerlo más aceptable a nuestros ojos y a los de los demás. ¿Idealistas? Seguro que un poco "normativos": convencidos de que nuestro trabajo sirve para algo, al menos para poner orden en el caos. Usamos bonitos caracteres, colores puros, líneas precisas, formas claras; realizamos imágenes abiertas a la lectura, para dejarle al lector
también una mayor libertad en la interpretación.
Así, mirando tus trabajos, realizados en los últimos años, reencuentro esa tensión ideal, para hacer pensar, pero también para sonreír. Una flaca herencia racionalista y demócrata que tal vez sólo nosotros, los diseñadores gráficos, hoy poseemos. Quizá porque para nosotros es más sencillo. En cambio, muchos arquitectos y designers, con dificultades en este tema (pienso en las ciudades mutantes y en los fetiches del consumo), han elegido participar en el espectáculo.
Nosotros, en cambio, trabajamos entre bastidores, en los intersticios, para hacer coincidir este trabajo efímero con una ética común. Y entonces vuelvo a mi lectura cotidiana, ahora mejor compaginada, con bonitos caracteres, colores, buena legibilidad y bonitas fotos.
¿Estamos quizá escondidos también ahí dentro, en la tentativa de hacer que las cosas parezcan más aceptables? ¿Y esta violencia del presente, este exceso de señales e iconos que esconden y digieren la imagen del mundo?
Formamos parte de ello; no estamos eximidos.
Así pues, adelante, Manuel y, cuando nos veamos, seguiremos hablando de ello una y otra vez. Una carta es privada, pero nosotros tenemos el privilegio de poder hacerla pública. Una posibilidad más.
Un abrazo. Mauro Panzeri


Pierluigi Cattermole
Director de la revista Experimenta

Querido Manuel:
Todos nosotros vivimos en la era de la información y de los mensajes planetarios. En nuestra sociedad, los medios de comunicación tienen más poder que nunca. Dicen que, en la actualidad, nuestro mundo está dominado por la economía y por la comunicación. En efecto todo parece poder interpretarse en términos de comunicación: la guerra y el arte, la inteligencia artificial y el amor, la política y hasta las biotecnologías que intentan "descifrar", el genoma humano parecen tener en común su naturaleza de fenómenos comunicacionales.
Y, sin embargo, cada vez nos comunicamos menos. Ahí está una de las grandes paradojas de nuestros días.
Nos comunicamos menos porque la comunicación ya no es una ocasión de encuentro con el otro, porque el antiguo intercambio de signos, de bienes y de palabras que tiempo ha animaba la plaza, el ágora de los griegos, ha sido definitivamente suplantado por una enorme producción a escala planetaria de mensajes sin respuesta, y de discursos que se dicen solos. La comunicación ya no cuenta con interlocutores reales
sino con consumidores de información convertida en mercancía. Ésta ya no propicia relaciones de encuentro entre individuos: sólo nuevas formas de inmensa soledad y pasividad.
Así, estamos cada vez más solos, cada vez somos menos capaces de sentir y de emocionarnos, convertidos en un ejército inerte de consumidores mediáticos que no tienen ningún ágora donde acudir, ningún espacio de participación social y de comunicación. Irremediablemente condenados a mirar desde la lejanía separados de lo que nos rodea, de los hombres y de las cosas, cada día aprendemos a sentirnos un poco más apáticos y entrenados al ahorro de afectos y emociones.
Todos nosotros, querido Manuel, nos sentimos cada vez más sitiados por el exceso de información, por su capacidad de generar consenso e indiferencia, por los procesos de idiotización e infantilización colectiva, de banalización y de homologación que parecen generalizarse a escala mundial. Un inexorable sistema de dispositivos simbólicos y comunicacionales están degradando irremediablemente nuestra experiencia, virtualizándola y transfiriéndola a la bidimensionalidad de la pantalla. Somos víctimas de una especie de pérdida de memoria colectiva. Cada día leemos y escribimos menos, delegando nuestras capacidades a la automatización y a la memoria de las herramientas informáticas.
Así es el mundo y, sin embargo, queremos seguir pensando que las cosas pueden y deben cambiar. Ni tú ni yo conocemos la solución para estos y otros dilemas que tanto nos inquietan. Sin embargo, a menudo decimos que la cultura del proyecto sólo tiene sentido en la medida en que sepa ponerse de parte de la solución, y no de parte del problema, contribuyendo a hacer del mundo un lugar más habitable. Tú, con muchas de tus creaciones de diseñador gráfico, has sabido estar de la parte de la solución, y algunas veces has convertido en pedruscos los pequeños granitos de arena que pueden aportarse desde una profesión como la nuestra.
Gracias. Pierluigi Cattermole


Félix Beltrán

Diseñador gráfico

España se encuentra entre los países más destacados del diseño gráfico a nivel internacional y Manuel Estrada es uno de sus representantes. A diferencia de otros, Estrada no aspira a un estilo en su práctica, aspira a una comunicación precisa, desde los medios del diseño gráfico, que enfrenta la competencia circunstancial.
Para Manuel Estrada las ideas son alternativas para su adecuada práctica de la comunicación, en definitiva, persuasión del público. Nunca se trata de ideas interpretadas desde ciertas tendencias contrarias a la misma.
Esta publicación es testimonial de sus ideas, sus perspicacias, aportes al diseño gráfico, de evidente nivel internacional.


Sergio Volturo

Gestor cultural

España ha constituido para mí una revelación, la más hermosa experiencia profesional y humana de mi vida, porque, en Madrid, hemos construido con muchos amigos diseñadores un lugar de encuentro; no sólo una escuela, sino un lugar donde hablar de diseño, de grafismo e incluso de compromiso social: de diseño como instrumento ético además de estético y funcional. Uno de los mejores amigos es Manuel, espléndido diseñador gráfico (con todo su estudio) y persona comprometida socialmente.
La obra gráfica también puede servir, por qué no, para proyectar otro mundo posible.


Emilio Pascual

Editor

Ese claro objeto del diseño
No es infrecuente que uno perciba las cosas antes de nombrarlas, y es casi un principio filosófico el hecho de que la teoría siga a la percepción, de la que procede. De mí sé decir que desde niño tuve una natural inclinación muy semejante a aquella del manco sano que le empujaba a leer hasta "los papeles rotos de las calles". Pero un instinto no explicado, y en ocasiones irracional, me llevaba a preferir ciertos libros por su
título y otros por su aspecto. Esa propensión me acompañó siempre, y aun ahora me acecha con su insidioso influjo desde las lunas que circundan el universo del libro.
Con los títulos he acertado y errado a partes iguales, pues no ignoro que toda una duquesa le decía a Sancho que "debajo de mala capa suele haber buen bebedor". Cabría extender el refrán de Sancho adoptado por la duquesa a la apariencia del objeto, pero sería imperdonable que una mala capa ocultara un bebedor solvente, por utilizar el gráfico adjetivo de Muñoz Molina.
Una definición de urgencia podría describir el diseño como el arte de traducir en imágenes y formas visuales una idea previa. Pero la idea de diseñar también los libros (no incluyo el noble arte de la encuadernación) se nos impuso de modo palpable y generalizado no hace tantos años. De pronto advertimos que una cubierta seductora podía impulsarte a adquirir un libro, como lo había hecho antes un título sugestivo.
Desde aquel momento el diseño quedaba incorporado de modo inseparable al libro, tanto que ya no basta con decir qué buen (o mal) libro es, sin añadir qué bien (o mal) diseñado está.
Si la anterior definición de urgencia no es del todo incorrecta, creo que Manuel Estrada ha conseguido plasmarla en el libro y no sólo en el objeto. Hacer agradable, codiciado, el objeto es una de las metas perseguidas por el diseño; que además traduzca una idea, es decir, sintetice gráficamente un contenido, es un don para la metáfora que, o no está al alcance de todos, o algunos lo desdeñan. En ocasiones, atraído por
un libro o una colección de ellos, me he dicho: "¡Qué bien diseñado está!". Y al volver la página de portada he añadido, ya sin admiraciones: "Ah, bueno. Ha sido Manuel Estrada".


Pepe Cruz Novillo

Diseñador gráfico

Diseñar es transformar las cosas en signos:
dotarlas de significancia.
Nuestro peor enemigo es la insignificancia.